Aspectos económicos del cultivo de zarzamora

La rentabilidad del cultivo de zarzamora depende de la convergencia entre costos de establecimiento, dinámica de mercado y eficiencia tecnológica, pues aunque la inversión inicial en infraestructura de tutorado, sistemas de riego presurizado y plantas de alta calidad genética es elevada, la vida útil productiva puede superar los ocho años, diluyendo el costo fijo por kilogramo, especialmente cuando se manejan densidades superiores a 8 000 plantas por hectárea y se optimiza la mano de obra mediante poda racional y cosecha escalonada.
Sin embargo, la ecuación económica se tensiona por la volatilidad de precios en mercados de exportación, la concentración de compradores y la dependencia de contratos con especificaciones estrictas de calidad y trazabilidad, de modo que el margen se sostiene solo si se controla la poscosecha, se reduce el rechazo en empaque y se diversifica la ventana comercial mediante manejo de coberturas plásticas, variedades de distinta fenología y estrategias de integración en cadenas de valor, donde la agregación de valor en fresco o procesado mitiga riesgos de sobreoferta local.
Costos de establecimiento
Los costos de establecimiento de la zarzamora en México se han vuelto un filtro económico severo, especialmente en regiones de alta tecnificación como Los Reyes, Peribán y Tacámbaro, donde el umbral de entrada supera con facilidad los 550,000–700,000 MXN/ha en sistemas con túnel y alta densidad. La lógica económica detrás de estas cifras no se entiende solo sumando partidas, sino analizando cómo cada decisión de diseño productivo condiciona la rentabilidad futura, la resiliencia frente al mercado y la vulnerabilidad ante errores tempranos.
El primer determinante es la arquitectura del sistema productivo: densidad de plantación, tipo de estructura de soporte, nivel de protección (cielo abierto, macrotúnel, invernadero ligero) y sistema de riego-fertirrigación. Cada componente se entrelaza, de modo que una elección de alta densidad con variedades erectas o semierectas exige postes más robustos, más alambre y anclajes reforzados, mientras que la decisión de cultivar en macrotúnel obliga a una inversión inicial elevada pero reduce el riesgo de pérdidas por lluvia, granizo y pudriciones de fruto, lo que a su vez modifica el horizonte de recuperación de la inversión. El error crítico no es gastar mucho, sino gastar en un diseño incoherente con la variedad, el clima y el mercado objetivo.
Estructuras, plantación y riego: el núcleo del capital inmovilizado
En términos estrictamente contables, los rubros más voluminosos del establecimiento son la estructura de soporte, la infraestructura de protección y el sistema de riego-fertirrigación, seguidos por la planta certificada y la preparación del terreno. En sistemas modernos con macrotúnel, la estructura (postes de concreto o metálicos, alambres, anclas, malla antigranizo opcional) puede representar 25–35 % del costo total de establecimiento, mientras que el túnel (arcos, plástico, fijaciones) agrega otro 20–30 %, dependiendo de la altura, calibre del acero y calidad del plástico. Esta inmovilización de capital se justifica solo si la productividad esperada supera de forma consistente las 20–25 t/ha con fruta de alta calidad exportable.
El sistema de riego por goteo con fertirrigación, incluyendo cabezal, filtros, tanques de fertilización, líneas secundarias y cintilla, suele aportar 10–15 % del costo inicial, pero su impacto sobre la eficiencia del uso del agua y de los nutrientes es desproporcionado respecto a su peso contable. El error costoso aquí no es tanto ahorrar en materiales, sino subdimensionar el sistema hidráulico, lo que genera presiones desiguales, zonas con estrés hídrico crónico y, en consecuencia, plantas con desarrollo heterogéneo que reducen el potencial productivo del lote completo. Corregir después implica reexcavar, sustituir tuberías y rediseñar la sectorización, con costos de oportunidad por ciclos perdidos.
La densidad de plantación y el tipo de planta elegida determinan otro bloque de inversión. En sistemas intensivos, con 3,000–4,000 plantas/ha y uso de variedades como ‘Tupy’, ‘Brazos’ o materiales más recientes de alto rendimiento, el costo de planta certificada puede representar 12–18 % del establecimiento. Muchos productores, ante este peso inicial, ceden a la tentación de usar material vegetativo de origen informal, lo que reduce el costo inmediato pero incrementa la probabilidad de introducir patógenos sistémicos (virus, fitoplasmas, Phytophthora, Verticillium), que minan la longevidad del huerto y reducen el rendimiento desde los primeros años. El error es especialmente grave porque los síntomas a menudo se manifiestan cuando ya se han hundido cientos de miles de pesos en infraestructura que no se puede mover.
Mano de obra, manejo inicial y errores de diseño agronómico
Aunque la mano de obra de establecimiento no suele ser el rubro más voluminoso en términos absolutos, sí es uno de los más sensibles a errores de planificación. Las labores de trazado, plantación, tutorado inicial, poda de formación y conducción definen la arquitectura futura de la planta, condicionan la ventilación del dosel y la distribución de la luz, y por lo tanto la incidencia de enfermedades como Botrytis, Didymella o Colletotrichum. Un diseño de conducción deficiente obliga a podas correctivas intensas en los primeros dos años, lo que incrementa significativamente los costos de mano de obra y retrasa la entrada en plena producción.
Desde la lógica económica, el costo más elevado no siempre es el que aparece en la hoja de cálculo, sino el que se deriva de un retraso en el punto de equilibrio. Un huerto mal establecido puede requerir un año adicional para alcanzar su rendimiento objetivo, lo que, con precios de exportación de 80–120 MXN/kg, equivale a perder en valor presente una fracción considerable de la inversión inicial. El error de diseño agronómico que más se repite es copiar densidades y sistemas de conducción de otras regiones sin ajustar a la radiación local, el régimen de lluvias, la textura del suelo y la capacidad de manejo de la cuadrilla disponible.
La preparación del terreno ilustra bien este fenómeno. Inversiones aparentemente “ahorrativas”, como reducir el subsoleo, omitir drenajes superficiales o no corregir de manera adecuada pH y salinidad, se traducen en encharcamientos, zonas con asfixia radicular y problemas crónicos de vigor. Corregir drenajes una vez instalado el sistema de riego y la estructura de soporte implica costos muy superiores a los que habría representado un diseño hidráulico preventivo, además de pérdidas de plantas y reducción de vida útil del huerto, que en sistemas bien manejados puede aspirar a 8–10 años productivos.
Protección, tecnología y riesgo de sobreinversión
La expansión de la zarzamora en México hacia sistemas protegidos responde a una lógica de gestión de riesgo climático y sanitario, pero también introduce el peligro de la sobreinversión. Un macrotúnel de alta especificación puede elevar el costo de establecimiento por encima de 800,000 MXN/ha si se combina con estructuras metálicas pesadas, doble línea de goteo, automatización de fertirriego y sensores de clima, sin que el productor tenga necesariamente un mercado asegurado para fruta de calidad premium durante todo el ciclo. La sofisticación tecnológica, sin un modelo comercial sólido, se convierte en un pasivo.
El error económico más costoso en este rubro es invertir en protección física sin dimensionar el impacto en la curva de flujo de efectivo. Los sistemas protegidos reducen la variabilidad de rendimiento y permiten extender la ventana de cosecha, lo que en teoría mejora el precio promedio, pero también concentran el riesgo financiero en los primeros dos años, cuando los pagos de créditos y la amortización de la infraestructura presionan la liquidez. Si el productor subestima los costos de operación asociados al manejo en túnel (mano de obra más intensiva, mayor exigencia de monitoreo fitosanitario, reposición de plásticos cada 3–4 años), el sistema puede volverse insostenible antes de recuperar la inversión.
La incorporación de tecnologías de precisión —sensores de humedad, estaciones meteorológicas, sistemas de monitoreo remoto— añade otra capa de decisión. Estas herramientas mejoran la eficiencia del uso del agua y los insumos, pero su retorno depende de la capacidad del equipo técnico para interpretar datos y ajustar decisiones en tiempo real. La inversión en tecnología sin inversión paralela en capital humano genera un costo hundido, pues los dispositivos se usan de forma marginal o se convierten en simples registradores sin impacto en la toma de decisiones. Desde la perspectiva económica, el error no es adquirir tecnología, sino hacerlo sin un plan claro de capacitación y de integración a la rutina de manejo.
Horizonte de vida útil, errores irreversibles y costo de oportunidad
El establecimiento de un huerto de zarzamora es una decisión de inversión de largo plazo, donde el horizonte de recuperación se sitúa típicamente entre el tercer y quinto año, dependiendo del nivel tecnológico y del mercado. Cualquier error estructural cometido en la fase de implantación se amplifica a lo largo de toda la vida útil del cultivo, porque limita el rendimiento máximo alcanzable, incrementa los costos de mantenimiento o reduce la duración económica del huerto. El costo real de un mal establecimiento se mide en toneladas no cosechadas y años de producción perdidos, más que en pesos gastados en el año cero.
Entre los errores más onerosos destacan tres, por su carácter casi irreversible. Primero, la elección inadecuada del sitio, en términos de altitud, riesgo de heladas, disponibilidad de agua de calidad y acceso logístico a centros de acopio y empaque. Un huerto bien diseñado en un sitio mal seleccionado se vuelve rehén de factores externos que ningún nivel de tecnificación puede compensar completamente. Segundo, la selección de variedad sin análisis de compatibilidad con el clima local, los requerimientos del mercado y la ventana comercial objetivo; variedades con excelente rendimiento en una región pueden mostrar problemas de firmeza, sabor o vida de anaquel en otras, lo que reduce el precio promedio y altera la ecuación económica.
El tercer error crítico es subestimar el costo de oportunidad del capital inmovilizado. En contextos de tasas de interés reales elevadas y volatilidad de precios internacionales, cada peso invertido en estructuras, planta y tecnología compite con otras alternativas de inversión agrícola o no agrícola. Un proyecto de zarzamora que solo es rentable bajo escenarios de precios optimistas y rendimientos máximos se vuelve extremadamente frágil ante cualquier desviación. La lógica económica robusta exige diseñar el sistema de establecimiento para que sea viable incluso con rendimientos moderados y precios por debajo del promedio histórico, de modo que la rentabilidad no dependa de condiciones excepcionales.
En este sentido, el productor que entiende los costos de establecimiento como una estrategia de gestión de riesgo y no solo como una suma de facturas, prioriza inversiones que aumentan la flexibilidad del sistema: estructuras adaptables a cambios de variedad o de densidad, sistemas de riego escalables, diseños de parcela que facilitan la mecanización parcial o la reducción de mano de obra en labores críticas. La zarzamora, por su alta sensibilidad a decisiones tempranas y su elevado requerimiento de capital fijo, premia la planificación integral y castiga con severidad los errores de diseño, que rara vez se corrigen sin sacrificar años de producción y una parte considerable del capital invertido.
Costos de operación
Los costos de operación en el cultivo de zarzamora en México se concentran en unos cuantos rubros que determinan, casi por completo, la viabilidad económica del proyecto. En un sistema tecnificado de alta densidad, con rendimientos objetivo de 18–25 t/ha, el costo operativo anual suele oscilar entre 280,000 y 380,000 MXN/ha, donde la mano de obra, la nutrición y la protección fitosanitaria absorben más del 65 % del presupuesto, mientras que la energía, el agua y los insumos de soporte (tutores, mallas, envases) completan el resto, la rentabilidad se define por la capacidad de administrar estos componentes con precisión agronómica y disciplina financiera.
La mano de obra es el corazón económico del cultivo, especialmente en regiones como Los Reyes, Peribán y Tacámbaro, donde los sistemas de producción intensiva requieren entre 250 y 350 jornales/ha/año, dependiendo del nivel de tecnificación y del sistema de conducción. Las labores de poda, amarre, deshierbe manual, raleo de brotes y, sobre todo, la cosecha selectiva concentran la mayor parte de este gasto, que en 2024 suele representar entre 45 y 55 % de los costos de operación. El error recurrente no es solo subestimar el número de jornales, sino distribuirlos de forma ineficiente en el tiempo, lo que provoca cuellos de botella en poda y cosecha, pérdida de calidad de fruta y, por extensión, penalizaciones de precio en mercado.
Esta dimensión laboral se conecta de manera directa con la estructura de costos de cosecha, que es particularmente sensible al manejo de la curva de producción. Cuando el huerto se maneja para concentrar cosechas en ventanas de alta demanda (por ejemplo, exportación a Estados Unidos entre noviembre y febrero), la presión sobre la mano de obra aumenta y el costo por kilogramo cosechado puede duplicarse si la planificación es deficiente. En huertos con rendimientos de 20 t/ha, la cosecha puede representar por sí sola 25–30 % del costo operativo, pero si se permite una sobrecarga de fruta sobremadura por falta de cortadores, se generan pérdidas de hasta 3–4 t/ha, que equivalen a más del margen neto de muchos productores. El error más costoso no es pagar jornales caros, sino ahorrar en personal y perder volumen comercializable.
El segundo gran bloque de costos es la nutrición del cultivo, donde el uso de fertilización edáfica y fertirrigación define tanto el gasto directo como la eficiencia productiva. En sistemas modernos, el costo anual de fertilizantes suele ubicarse entre 35,000 y 60,000 MXN/ha, dependiendo del uso de fuentes solubles, correctores de micronutrientes y acidificantes. La zarzamora, con su sistema radical superficial y su sensibilidad a la salinidad y al pH, exige programas nutricionales basados en análisis de suelo, agua y tejido, sin embargo, una proporción significativa de productores sigue aplicando dosis estándar, desconectadas de la extracción real de nutrientes, lo que incrementa los costos sin mejorar rendimientos.
Esta desconexión genera dos errores particularmente onerosos. El primero es la sobreaplicación de nitrógeno, que incrementa el vigor vegetativo, complica la poda, eleva el riesgo de enfermedades como Botrytis cinerea y Pseudomonas syringae y desplaza recursos de la planta desde la fructificación hacia el crecimiento de brotes, de modo que el costo no solo es el fertilizante extra, sino la pérdida de eficiencia productiva por kilogramo de N aplicado. El segundo error es la omisión de calcio, boro y zinc en etapas críticas de floración y cuajado, lo que reduce la firmeza de fruto y la vida de anaquel, generando rechazos en empaque y descuentos de precio por condición, una nutrición desequilibrada puede transformar un huerto potencialmente rentable en un sistema con altos costos fijos y retorno incierto.
En paralelo, la protección fitosanitaria se ha vuelto uno de los rubros más delicados, tanto por su peso económico como por sus implicaciones comerciales. La zarzamora destinada a exportación enfrenta límites estrictos de residuos, por lo que los programas de control de trips, ácaros, Drosophila suzukii, roya, antracnosis y pudriciones de fruto deben combinar eficacia y compatibilidad regulatoria. El gasto anual en agroquímicos y coadyuvantes suele situarse entre 30,000 y 70,000 MXN/ha, aunque en años de alta presión de plagas puede superar esta cifra. El error más costoso aquí no es necesariamente usar productos caros, sino diseñar esquemas de aplicación reactivos, sin monitoreo ni umbrales, que incrementan el número de aplicaciones, aceleran la resistencia y no estabilizan la incidencia de plagas.
La lógica económica sugiere que cada aplicación debe justificarse por el valor de la pérdida evitada, sin embargo, en la práctica es común observar calendarios fijos de aspersiones, desconectados de la dinámica poblacional de los organismos blanco. Esto deriva en costos hundidos en productos aplicados fuera de momento óptimo, a la vez que se subestima la inversión en monitoreo profesional y en capacitación del personal de campo. Cuando se integran estrategias de manejo integrado de plagas (MIP) bien estructuradas, el número de aplicaciones puede reducirse 20–30 % sin comprometer el control, liberando recursos para otras áreas críticas como la nutrición o la mejora de infraestructura.
La energía y el agua constituyen otro eje de costos de operación que adquiere relevancia conforme el cultivo se tecnifica. En huertos con riego por goteo y bombeo eléctrico, el costo de energía suele representar entre 5 y 10 % del total operativo, aunque en zonas con profundidades de bombeo mayores a 120 m y tarifas elevadas puede alcanzar valores superiores. La eficiencia del sistema de riego, la programación de láminas y la calidad del agua determinan no solo el gasto energético, sino también la respuesta del cultivo a la nutrición aplicada vía fertirriego. Un error frecuente es sobredimensionar los tiempos de riego por temor al estrés hídrico, lo que incrementa el consumo de energía, lixivia nutrientes y favorece enfermedades de raíz, generando un triple costo: directo, nutricional y fitosanitario.
La infraestructura de soporte, aunque se percibe como un costo más asociado a la inversión inicial, también tiene implicaciones en los costos de operación. Sistemas de tutorado, espalderas, mallas y cubiertas plásticas determinan la facilidad de las labores, el tiempo requerido para poda y cosecha y la exposición de la fruta a daños mecánicos y fisiológicos. Cuando se eligen estructuras de baja calidad o mal diseñadas, el costo operativo se incrementa año con año por reparaciones, caídas de líneas, dificultad de tránsito y pérdida de eficiencia en el uso de mano de obra, de modo que un ahorro inicial en infraestructura puede traducirse en sobrecostos operativos persistentes, difíciles de revertir sin reinversión significativa.
El componente logístico, a menudo subestimado en el análisis de costos de operación, se vuelve determinante cuando el destino es el mercado de exportación. El empaque, preenfriado, transporte a centros de acopio y pago de servicios de certificación pueden representar 15–25 % del costo total por kilogramo comercializado, especialmente en esquemas donde el productor asume parte de los costos de empaque. Los errores más caros en este rubro se relacionan con la falta de sincronía entre campo y empaque: cosechas fuera de horario, tiempos prolongados de espera en sombra, deficiencias en la cadena de frío inicial y uso de envases inadecuados para el calibre y la firmeza de la fruta, cada hora adicional sin preenfriado incrementa la tasa de descomposición y reduce el valor de la fruta en destino, erosionando márgenes que en muchos casos ya son ajustados.
La gestión financiera y contractual actúa como un filtro que amplifica o mitiga todos los costos anteriores. Contratos de compra-venta mal negociados, sin esquemas claros de precios mínimos, bonificaciones por calidad o penalizaciones por incumplimiento, pueden convertir un año agronómicamente exitoso en un resultado económico mediocre. El error crítico es tomar decisiones de inversión en insumos de alto costo (nutrición premium, biológicos, tecnologías de monitoreo) sin una lectura precisa de los escenarios de precio y de la volatilidad del mercado, lo que genera estructuras de costos rígidas frente a ingresos altamente variables. En contraste, una gestión que vincula el nivel de gasto operativo con escenarios conservadores de precio tiende a sostener la rentabilidad incluso en ciclos complicados.
Finalmente, la dimensión más silenciosa pero persistente de los costos de operación en zarzamora es el costo de los errores acumulados en el manejo del huerto a lo largo de varios ciclos. Decisiones como mantener variedades obsoletas con baja firmeza, retrasar la reconversión de plantaciones envejecidas, no invertir en capacitación técnica del personal clave o posponer el mantenimiento mayor del sistema de riego generan una erosión progresiva de la productividad y de la eficiencia en el uso de insumos. El resultado es un sistema donde el costo por kilogramo producido aumenta año tras año, mientras la capacidad de respuesta a las señales del mercado se reduce, por eso, más que recortar gastos de forma indiscriminada, la lógica económica del cultivo de zarzamora exige identificar qué rubros son palancas de productividad y cuáles son lastres que conviene reemplazar o rediseñar antes de que su costo se vuelva irreversible.
Rendimiento esperado
El rendimiento esperado de la zarzamora en México se ha convertido en el eje que define la viabilidad económica del cultivo, porque sintetiza en una cifra la interacción entre genética, manejo, clima, sanidad y mercado. En los últimos diez años, la superficie se ha concentrado en Michoacán, Jalisco y Baja California, con un rendimiento promedio nacional cercano a 18–20 t/ha en plantaciones comerciales tecnificadas, aunque los sistemas de alta densidad y manejo intensivo superan con holgura las 30 t/ha e incluso alcanzan 40–45 t/ha en escenarios óptimos. Esta amplitud de resultados obliga a interpretar el rendimiento no como un dato estático, sino como un indicador económico dinámico que define el margen de maniobra del productor.
La brecha entre el rendimiento promedio y el rendimiento potencial tiene consecuencias directas sobre el costo unitario de producción, que en zarzamora se ve fuertemente determinado por la mano de obra de cosecha, el manejo fitosanitario y la infraestructura de empaque y frío. Un huerto que produce 12 t/ha difícilmente diluye sus costos fijos, el costo por kilogramo aumenta y la competitividad frente a exportadores consolidados se erosiona. En cambio, cuando se alcanza o supera el umbral de 25–30 t/ha, el costo por kilogramo disminuye de forma significativa, se amplía el margen para invertir en tecnología y se reduce la vulnerabilidad ante fluctuaciones de precio, especialmente en mercados de Estados Unidos y Europa, donde la zarzamora mexicana compite con producción de Estados Unidos, Guatemala y Perú.
Rendimiento promedio y estructura de costos
En México, el rendimiento promedio nacional reportado para zarzamora fresca de exportación se sitúa alrededor de 18–22 t/ha, con variaciones importantes según el nivel tecnológico. En sistemas rústicos o de baja inversión, con variedades criollas o materiales no protegidos, los rendimientos se mantienen en el rango de 8–15 t/ha, mientras que en plantaciones modernas con variedades mejoradas, fertirriego y conducción en espaldera se alcanzan 25–35 t/ha de manera rutinaria. Esta heterogeneidad interna explica por qué el promedio nacional oculta realidades productivas y económicas muy distintas.
El impacto económico del rendimiento se observa con claridad al analizar el punto de equilibrio. Para un huerto de zarzamora con tecnología media, el costo total anual puede situarse entre 280,000 y 380,000 MXN/ha, considerando labores culturales, insumos, mano de obra de cosecha y gastos indirectos. Si el rendimiento es de 15 t/ha, el costo de producción ronda 19–25 MXN/kg, lo que deja un margen estrecho cuando el precio de campo se sitúa en 35–45 MXN/kg y se presenta cualquier caída de precio o aumento de costos. En cambio, con 30 t/ha, el costo baja a aproximadamente 10–13 MXN/kg, lo que permite absorber variaciones de mercado y seguir siendo rentable, incluso con precios a la baja.
Esta relación entre rendimiento y costo unitario se vuelve crítica en ciclos con sobreoferta regional, cuando el precio en campo puede descender hasta 25–30 MXN/kg para fruta de segunda calidad. En esos escenarios, los productores que se ubican por debajo del promedio nacional quedan en situación frágil, ya que su margen se reduce a niveles que no permiten amortizar inversiones en mallas antigranizo, sistemas de riego presurizado o reconversión varietal. En cambio, los productores que consistentemente superan el promedio pueden capitalizar los buenos años y resistir los malos, lo que genera un círculo virtuoso de reinversión y mejora tecnológica.
Implicaciones de rendimientos por debajo del promedio
Producir por debajo del promedio nacional implica más que un dato agronómico, representa un riesgo estructural para la sostenibilidad económica del cultivo. Rendimientos de 10–15 t/ha suelen asociarse con deficiencias en densidad de plantación, nutrición desequilibrada, falta de poda adecuada y control insuficiente de enfermedades de la raíz como Phytophthora spp. o Armillaria spp., además de problemas de manejo de floración y cuajado. Cada uno de estos factores no solo limita el rendimiento, también incrementa costos indirectos, por ejemplo, más aplicaciones curativas, mayor descarte de fruta o ciclos productivos más cortos.
En términos de flujo de caja, un huerto con rendimientos bajos enfrenta una recuperación lenta de la inversión inicial, que en zarzamora puede superar 450,000–600,000 MXN/ha en sistemas de alta densidad con infraestructura completa. Si el rendimiento se mantiene por debajo de 15 t/ha durante los primeros tres años productivos, el periodo de recuperación puede extenderse más allá de 6–7 años, lo que aumenta el riesgo financiero, especialmente para productores que dependen de crédito bancario o de esquemas de financiamiento privado ligados a exportadoras. La vulnerabilidad se acentúa cuando se combinan rendimientos bajos con alta variabilidad de precios por condiciones de mercado internacionales.
Además, rendimientos por debajo del promedio suelen correlacionarse con calidad de fruta heterogénea, lo que limita el acceso a programas de exportación premium y obliga a destinar mayor proporción de la producción al mercado nacional o a industria, donde el precio por kilogramo es sensiblemente menor. El productor pierde así la posibilidad de capturar el valor agregado que ofrecen los mercados de alto poder adquisitivo, que exigen calibres uniformes, firmeza, grados Brix específicos y vida de anaquel prolongada, atributos que se logran con un manejo agronómico fino que, a su vez, impulsa el rendimiento.
En este contexto, producir por debajo del promedio nacional significa operar en el límite de la rentabilidad, con poca capacidad de absorber choques externos como granizadas, olas de calor, restricciones fitosanitarias o variaciones en el tipo de cambio. La decisión de permanecer en el cultivo se vuelve cada vez más dependiente de factores ajenos al manejo técnico, como subsidios, acuerdos con comercializadoras o ingresos complementarios de otras actividades agrícolas.
Ventajas y exigencias de rendimientos por encima del promedio
En el extremo opuesto, los huertos que consistentemente alcanzan 30–40 t/ha se convierten en unidades altamente competitivas, capaces de negociar mejores condiciones con empacadoras y exportadoras. Estos niveles de rendimiento se asocian con paquetes tecnológicos integrales: uso de variedades de alto potencial productivo, portainjertos tolerantes a enfermedades de suelo, fertirriego basado en análisis de solución del suelo y del agua, manejo de poda orientado a escalonar la producción y sistemas de conducción que optimizan la intercepción de luz y la ventilación del follaje.
La consecuencia económica inmediata de estos rendimientos altos es un margen bruto significativamente mayor por hectárea, que permite invertir en certificaciones como GlobalG.A.P., esquemas de inocuidad, monitoreo de residuos y trazabilidad, todos ellos requisitos para acceder a cadenas de supermercados internacionales. Aunque estos sistemas de alta productividad implican costos de producción más elevados en términos absolutos, el costo por kilogramo disminuye, lo que mejora la posición del productor frente a variaciones de precio y le permite participar en programas de suministro continuo durante la mayor parte del año.
Sin embargo, alcanzar y sostener rendimientos por encima del promedio no es gratuito, exige una gestión rigurosa del riesgo fitosanitario y del estrés abiótico. Huertos de alta productividad son más sensibles a fallas puntuales en el suministro de agua, a errores en la dosis de nitrógeno o potasio, o a desajustes en el manejo de la carga frutal, lo que puede traducirse en alternancia productiva o en una caída abrupta del rendimiento en ciclos posteriores. Desde la perspectiva económica, esto obliga a planear con horizontes de mediano plazo, considerando reservas financieras para reconversión de bloques, renovación de plantas y ajustes en la estructura de densidad y conducción.
La estabilidad de rendimientos altos también condiciona la relación con la mano de obra, ya que cosechar 35–40 t/ha requiere una logística eficiente, cuadrillas bien entrenadas y esquemas de pago que incentiven la selección cuidadosa de fruta sin sacrificar velocidad. Cualquier cuello de botella en la cosecha se traduce en sobre-maduración en planta, pérdida de calidad y menores precios, lo que erosiona parte de la ventaja económica asociada a la alta productividad. Por ello, el rendimiento por encima del promedio solo se convierte en ventaja económica plena cuando se acompaña de una gestión integral de poscosecha y de contratos comerciales que reconozcan la calidad entregada.
De este modo, el rendimiento esperado en zarzamora en México no solo define cuánto se cosecha por hectárea, sino el lugar que cada productor ocupa en la estructura económica de la cadena, desde los eslabones más frágiles, con rendimientos por debajo del promedio y márgenes mínimos, hasta los sistemas intensivos que superan las 30 t/ha y se consolidan como proveedores estratégicos de los mercados internacionales más exigentes.
Rentabilidad del cultivo
La rentabilidad del cultivo de zarzamora en México se decide menos en la parcela y más en la integración estratégica de todo el sistema productivo, desde la elección del genotipo hasta la forma en que se negocia con el comprador final. En un escenario de alta volatilidad de precios, costos crecientes de insumos y presión regulatoria sobre agroquímicos y mano de obra, el retorno sobre la inversión (ROI) deja de ser un resultado pasivo y se convierte en una variable que se diseña. La zarzamora, con su elevada demanda internacional y su sensibilidad fisiológica, obliga a pensar la empresa agrícola como una unidad de negocio de alta precisión.
Estructura de costos y punto de equilibrio
El primer factor crítico es la estructura de costos, que en zarzamora presenta una proporción de costos variables superior al 60 % del costo total en sistemas intensivos para exportación. En plantaciones bajo macrotúnel en Michoacán, los costos de establecimiento suelen oscilar entre 550,000 y 800,000 MXN/ha, considerando planta certificada, infraestructura de soporte, sistema de riego presurizado y acolchado plástico, mientras que los costos de operación anual pueden ubicarse entre 350,000 y 550,000 MXN/ha, dependiendo de la intensidad de poda, nutrición y manejo fitosanitario. Esta magnitud obliga a definir con precisión el punto de equilibrio, que no es estático, sino que se desplaza con los cambios en el precio de venta y en los rendimientos.
En condiciones de rendimiento comercial de 18-22 t/ha y precios promedio de exportación equivalentes a 65-80 MXN/kg en campo, el margen bruto puede ser atractivo, sin embargo, basta una caída de 15-20 % en precio o una merma similar en rendimiento por problemas de Botrytis o Drosophila suzukii para que el ROI se erosione de forma drástica. La gestión económica eficiente exige simular escenarios de sensibilidad de precios y rendimientos, de modo que el productor conozca cuántas toneladas por hectárea necesita para cubrir costos directos y amortizar la inversión en infraestructura en un horizonte típico de 6-8 años de vida útil del huerto.
Mano de obra, tecnología y eficiencia operativa
La mano de obra representa uno de los rubros más determinantes, con participaciones de 35-50 % del costo anual en sistemas intensivos, concentradas en poda, tutorado, cosecha y clasificación primaria. El incremento sostenido de salarios en regiones productoras y las mayores exigencias en condiciones laborales por parte de cadenas internacionales empujan a una profesionalización del manejo del recurso humano. La rentabilidad mejora cuando se reducen las horas-hombre por kilogramo cosechado sin sacrificar calidad, lo que se logra mediante diseños de plantación que facilitan el acceso a la fruta, capacitación focalizada en técnicas de corte y manejo de cajas, y sistemas de incentivos por productividad vinculados a indicadores de daño y descarte.
En paralelo, la incorporación de tecnología de apoyo en la operación de campo y empaque primario modifica la ecuación económica. Carritos de cosecha ergonómicos, bandas móviles en campo, sistemas de preenfriado cercanos a la parcela y clasificación semiautomatizada permiten reducir mermas y tiempos muertos. La inversión inicial en estos equipos se compensa con menores pérdidas poscosecha y mayor consistencia en la calidad, lo que se traduce en mejores precios y menor porcentaje de rechazo en destino. La clave es evaluar cada tecnología con un análisis de costo-beneficio específico para el contexto local, considerando volumen anual, acceso a financiamiento y estabilidad de la relación comercial.
Genética, ciclo productivo y ventana de mercado
La elección de variedades y la forma de conducir el ciclo productivo tienen impacto directo en la rentabilidad, no solo por su potencial de rendimiento, sino por la ventana de mercado que permiten ocupar. Genotipos como ‘Tupy’, ‘Brazos’ o materiales más recientes de programas privados difieren en precocidad, firmeza de fruto, vida de anaquel y susceptibilidad a enfermedades, por lo que la decisión varietal es inseparable de la estrategia comercial. Un material con menor rendimiento potencial pero que entra a producción en una ventana de precios altos puede generar un ROI superior al de una variedad más productiva que concentra su cosecha en periodos de sobreoferta.
En México, la zarzamora destinada a exportación fresca suele buscar ventanas de menor competencia con otros orígenes, por lo que el manejo de podas, fertilización y riego se orienta a desplazar o concentrar la curva de producción. La capacidad de adelantar o retrasar cosecha mediante prácticas culturales o uso de coberturas plásticas se convierte en una herramienta económica, ya que pequeñas diferencias en la fecha de pico productivo pueden significar variaciones de 20-30 % en el precio promedio recibido. Así, la fisiología del cultivo y la logística de mercado se entrelazan en una misma decisión agronómica.
Calidad, mermas y gestión poscosecha
La rentabilidad no depende solo de cuántos kilogramos se producen, sino de cuántos llegan vendibles al mercado objetivo, con la calidad exigida y al menor costo posible. En zarzamora, las mermas poscosecha pueden oscilar entre 8 y 25 % del volumen cosechado, dependiendo del tiempo al preenfriado, la temperatura de manejo, el tipo de envase y la firmeza varietal. Cada punto porcentual de merma representa un impacto directo sobre el ingreso neto por hectárea, por lo que la inversión en una cadena de frío continua y en capacitación del personal de cosecha es una de las palancas más efectivas para mejorar el ROI.
El ajuste fino de parámetros como temperatura de pulpa al ingreso a cámara (idealmente 2-4 °C), velocidad de enfriamiento, humedad relativa y ventilación en transporte reduce la incidencia de pudriciones y ablandamiento. Además, la clasificación rigurosa en origen, separando fruta para mercado de exportación, mercado nacional de alto valor e industria, permite maximizar el aprovechamiento de la producción total, asignando cada categoría al canal con mejor relación precio-riesgo. De esta manera, la segmentación de calidad se convierte en una estrategia económica, no solo en un requisito comercial.
Integración comercial y gestión del riesgo de precios
La estructura de comercialización condiciona el retorno sobre la inversión tanto como el rendimiento por hectárea. Productores integrados en esquemas de contrato con comercializadoras consolidadas o en asociaciones de productores con marca propia suelen acceder a mejores precios promedio y menor variabilidad, a cambio de cumplir estrictos estándares de calidad, trazabilidad y certificaciones. Esta menor volatilidad de ingresos facilita planificar inversiones de largo plazo y negociar créditos en condiciones más favorables, lo que reduce el costo financiero del proyecto.
En contraste, quienes dependen del mercado spot enfrentan una mayor exposición al riesgo de precios, que puede mitigar parcialmente mediante diversificación de mercados (exportación, nacional, industria), escalonamiento de cosechas y acuerdos de volumen mínimo con compradores recurrentes. La adopción de esquemas de inteligencia de mercado, con monitoreo sistemático de precios en distintos destinos y análisis de tendencias de consumo, permite ajustar decisiones de manejo en campo con meses de anticipación, por ejemplo, modulando la carga frutal para coincidir con semanas de mejor demanda. La rentabilidad deja de ser un resultado de la suerte de mercado y se convierte en una variable gestionada.
Certificaciones, regulaciones y costos ocultos
El cumplimiento de certificaciones como GlobalG.A.P., PrimusGFS, orgánico o esquemas privados de cadenas detallistas introduce costos adicionales de implementación, auditorías, infraestructura sanitaria y registros, sin embargo, también abre acceso a mercados de mayor valor y reduce el riesgo de rechazo en destino por incumplimientos normativos. La evaluación económica debe considerar no solo los costos directos, sino el efecto sobre el precio promedio de venta, la estabilidad de la relación comercial y la reducción de contingencias (por ejemplo, destrucción de lotes en frontera).
Existen además costos ocultos que erosionan el ROI cuando no se gestionan con precisión, como el uso ineficiente de agua y fertilizantes, la reposición prematura de plantas por mala calidad de planta inicial, o la falta de mantenimiento preventivo en sistemas de riego y macrotúneles que derivan en fallas críticas en momentos de alta demanda del cultivo. La adopción de indicadores técnicos-económicos por hectárea, como kg de fruto por m³ de agua, costo de fertilización por tonelada producida o costo de control fitosanitario por kg exportado, permite identificar estos puntos de fuga y priorizar acciones correctivas donde el impacto económico es mayor.
Planeación financiera y horizonte temporal de la inversión
Finalmente, la planeación financiera determina si un proyecto de zarzamora es sostenible más allá de un ciclo productivo. La inversión en infraestructura y plantación se recupera típicamente entre el tercer y quinto año, dependiendo del rendimiento acumulado y del nivel de precios, por lo que el análisis de rentabilidad debe considerar el flujo de caja multianual, las tasas de interés efectivas y la reinversión necesaria en renovación de plantas, sistemas de riego y estructuras. Un ROI atractivo en un año excepcional de precios puede ocultar una fragilidad estructural si el proyecto no soporta uno o dos ciclos con precios por debajo de la media.
El uso de presupuestos dinámicos, que se actualizan conforme avanza la campaña con datos reales de costos y rendimientos, permite corregir rumbo a tiempo, ajustando densidad de floración, intensidad de aplicaciones o ritmo de cosecha según la viabilidad económica. La zarzamora, con su elevada demanda de manejo y su potencial de valor, premia a quienes integran la agronomía con la economía, entendiendo que cada decisión técnica tiene un reflejo cuantificable en el retorno sobre la inversión, y que la rentabilidad no se protege solo en la parcela, sino en toda la cadena que conecta la flor con el consumidor final.
Riesgos económicos
Los riesgos económicos que enfrenta un productor de zarzamora en México se han intensificado conforme el cultivo se ha tecnificado y orientado a la exportación, especialmente hacia Estados Unidos y Europa. La misma sofisticación que permite alcanzar rendimientos superiores a 20 t/ha y precios diferenciados, expone al agricultor a una red compleja de factores externos que pueden erosionar márgenes, comprometer la liquidez y, en el extremo, hacer inviable la recuperación de la inversión inicial en plantaciones, infraestructura y tecnología.
La primera capa de vulnerabilidad proviene de la volatilidad de precios internacionales, estrechamente ligada al comportamiento del mercado estadounidense, que absorbe más del 90 % de las exportaciones mexicanas de zarzamora. La concentración de la demanda en pocos compradores institucionales y cadenas minoristas genera una relación asimétrica, donde ligeros cambios en los programas de compra, la preferencia por proveedores alternativos (Perú, Guatemala, incluso producción local en Estados Unidos) o la renegociación de contratos pueden traducirse en caídas súbitas de precio de 15–30 % en una sola temporada. Cuando el productor ha dimensionado su estructura de costos bajo supuestos optimistas de precio, esta variación puede borrar el margen de contribución y convertir un ciclo rentable en uno deficitario.
A esta volatilidad se suma la estacionalidad de la oferta en el corredor productivo de Michoacán, Jalisco y Baja California, que tiende a concentrar picos de producción entre noviembre y marzo. Si las ventanas de cosecha de México se traslapan con las de otros orígenes, la presión sobre los precios se intensifica, sobre todo en mercados donde la zarzamora se percibe como un fruto de nicho. La pérdida de sincronía entre calendario productivo y ventanas comerciales, provocada por inviernos atípicamente cálidos o fríos, altera la dinámica de oferta, de modo que un manejo agronómico impecable no garantiza un retorno económico si el volumen llega en el momento comercial equivocado.
El segundo gran bloque de riesgo se relaciona con el tipo de cambio peso–dólar, que actúa como espada de doble filo. La mayoría de los costos relevantes para el productor tecnificado —planta certificada, fertilizantes de alta solubilidad, agroquímicos patentados, empaques especializados, flete internacional— están parcial o totalmente dolarizados, mientras que muchos compromisos financieros y gastos de operación internos se expresan en pesos. Una apreciación del peso de 10–15 % en un año reduce el ingreso en moneda local por cada caja exportada, pero mantiene altos los costos denominados en dólares, estrechando el margen. Inversamente, una depreciación abrupta, aunque parezca favorable por aumentar el ingreso en pesos, encarece insumos y servicio de deuda en dólares, lo que puede desestabilizar proyectos con estructuras de financiamiento frágiles.
La exposición cambiaria se agrava cuando el productor asume créditos en dólares para financiar infraestructura de riego por goteo, macro-túneles, cámaras de preenfriado o centros de empaque. Si el flujo de efectivo se genera principalmente en pesos —por ventas al mercado nacional o por retrasos en la liquidación de exportaciones—, cualquier choque cambiario significativo eleva el servicio de la deuda en términos reales, comprometiendo la capacidad de pago y forzando decisiones de corto plazo que afectan la sostenibilidad del sistema productivo, como reducir labores culturales o diferir renovaciones de plantación.
Un tercer conjunto de riesgos proviene de la incertidumbre fitosanitaria y de inocuidad, cada vez más determinante en la viabilidad económica del cultivo. La zarzamora es especialmente sensible a patógenos como Botrytis cinerea, Colletotrichum spp. y Phytophthora spp., además de plagas como trips y ácaros, que no solo merman rendimiento y calidad, sino que pueden detonar rechazos en destino cuando se detectan residuos de plaguicidas por encima de los Límites Máximos de Residuos (LMR) establecidos por la FDA o la Unión Europea. Un solo rechazo de contenedor implica la pérdida casi total del valor del producto, costos adicionales de reempaque o destrucción y, lo más delicado, un daño reputacional que puede traducirse en cancelación de programas de compra para toda la temporada.
La dimensión regulatoria de la inocuidad añade otra capa de riesgo económico, pues las exigencias de certificaciones como GlobalG.A.P., PrimusGFS o esquemas equivalentes a FSMA no son estáticas. La actualización de protocolos, el endurecimiento de auditorías y la incorporación de nuevos requisitos de trazabilidad, manejo de agua y bienestar laboral implican inversiones recurrentes en capacitación, infraestructura sanitaria, sistemas de registro y monitoreo. Para productores medianos y pequeños integrados a cadenas de exportación, estos costos fijos adicionales pueden superar 10–15 % del costo de producción por hectárea, y si no se traducen en un precio diferenciado sostenido, erosionan la rentabilidad estructural del sistema.
Ligado a lo anterior, los cambios regulatorios y de política comercial en los países de destino representan un riesgo difícil de anticipar. La imposición de inspecciones más estrictas en frontera, modificaciones en los aranceles o medidas paraarancelarias derivadas de disputas comerciales o presiones de productores locales pueden alterar súbitamente la ecuación económica. La zarzamora, al ser un cultivo intensivo en mano de obra y con alta participación mexicana en el mercado estadounidense, es vulnerable a narrativas proteccionistas que se traduzcan en mayores costos de cumplimiento o en barreras no arancelarias disfrazadas de requisitos técnicos.
El contexto climático amplifica todos estos riesgos, porque la variabilidad climática y los eventos extremos actúan como multiplicadores de incertidumbre económica. Episodios de lluvias intensas en plena cosecha provocan pudriciones, pérdida de firmeza y reducción drástica de la vida de anaquel, lo que obliga a descuentos en precio o incluso al abandono de parte de la producción. Olas de calor durante la floración reducen el cuajado, afectan el balance fuente–sumidero y alteran la dinámica de maduración, generando lotes desuniformes que incrementan costos de cosecha y selección. En escenarios de sequía prolongada, la competencia por agua de buena calidad encarece el recurso y expone a los productores a restricciones o conflictos por uso agrícola, con impactos directos en la continuidad del sistema productivo.
La dependencia del cultivo de zarzamora de una mano de obra intensiva y relativamente especializada constituye otro foco de riesgo económico que suele subestimarse. La cosecha exige cortes frecuentes, selección cuidadosa y manejo delicado del fruto, lo que limita la mecanización y mantiene altos los costos laborales. Cambios en la legislación laboral, incrementos en el salario mínimo, mayores exigencias de prestaciones o inspecciones más rigurosas sobre condiciones de trabajo pueden aumentar significativamente el costo por kilo cosechado. Si la estructura de precios no acompaña estos incrementos, el margen neto se comprime, sobre todo en unidades productivas con baja productividad por jornal o con deficiencias en la logística de campo.
La dimensión social de la mano de obra también tiene implicaciones económicas, porque conflictos laborales, rotación elevada de personal o problemas asociados a la vivienda y transporte de jornaleros se traducen en pérdidas de eficiencia, incremento de mermas y riesgos reputacionales para las empresas exportadoras. En un entorno donde los compradores internacionales prestan creciente atención a los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza), denuncias sobre malas prácticas laborales pueden derivar en cancelaciones de contratos, auditorías extraordinarias y, en consecuencia, pérdidas económicas que trascienden una sola temporada.
Finalmente, la estructura de integración en la cadena de valor condiciona el grado de exposición del productor a todos estos riesgos externos. Un agricultor que solo produce fruta a pie de parcela y vende a intermediarios o empacadoras asume la mayor parte del riesgo agronómico y de inversión en campo, pero tiene escasa capacidad de incidir en condiciones comerciales, tiempos de pago o estrategias de diversificación de mercado. Retrasos en los pagos, descuentos unilaterales por supuesta baja calidad o cambios abruptos en especificaciones comerciales pueden desbalancear su flujo de caja y poner en riesgo el cumplimiento de obligaciones financieras y laborales, incluso cuando el desempeño productivo haya sido adecuado.
En contraste, los esquemas de integración vertical parcial —donde el productor participa en el empaque, la comercialización o la gestión logística— redistribuyen los riesgos, pero exigen inversiones iniciales muy superiores y una sofisticación administrativa que no todos pueden sostener. Si la escala de producción, la eficiencia operativa o la capacidad de negociación con compradores internacionales no alcanzan niveles competitivos, el productor integrado puede quedar atrapado en una estructura de costos fijos elevados, vulnerable a cualquier perturbación externa, desde una caída de precios hasta una crisis logística internacional como las observadas en los últimos años.
Así, los mayores riesgos económicos para el productor de zarzamora en México no se originan en un solo factor aislado, sino en la convergencia de mercados concentrados, exposición cambiaria, exigencias sanitarias crecientes, variabilidad climática, presiones laborales y estructuras de cadena de valor asimétricas, y es precisamente en la comprensión de estas interacciones donde se decide si la inversión en el cultivo se convierte en una plataforma de crecimiento sostenido o en un punto de vulnerabilidad financiera.
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