Sanidad vegetal del cultivo de zarzamora

Sanidad vegetal del cultivo de zarzamora

La sanidad vegetal en el cultivo de zarzamora define el techo productivo mucho antes de la floración, porque condiciona la arquitectura del canopy, la longevidad de las cañas y la eficiencia fotosintética, un sistema con alta densidad de brotes y microclimas húmedos favorece patógenos como Botrytis cinerea, Didymella applanata y Phragmidium rubi-idaei, mientras que la presión de ácaros, trips y Drosophila suzukii altera la dinámica hormonal y el llenado de fruto, reduciendo firmeza, grados Brix y vida de anaquel.

Por ello, la sanidad no se limita al control químico, integra manejo integrado con poda sanitaria, ventilación del dosel, selección de material vegetal certificado, monitoreo georreferenciado y umbrales de intervención, solo así se estabiliza el rendimiento, se reduce la variabilidad interanual y se protege la rentabilidad frente a mercados que exigen residuos mínimos y calidad organoléptica consistente.

Plagas

Las plagas de la zarzamora en México se han convertido en un factor determinante de la viabilidad económica del cultivo, especialmente en los sistemas intensivos de alto rendimiento de Michoacán y los nuevos polos productivos de Jalisco y Colima. En plantaciones con expectativas de 25–30 t/ha, la presión de insectos y ácaros puede reducir el rendimiento comercializable por debajo de 15 t/ha, no solo por daño directo en fruto, sino por un deterioro progresivo de la arquitectura vegetativa y la longevidad de las cañas. Entender la biología de las principales plagas y su interacción con el microclima de túneles y macrotúneles es hoy un requisito técnico, no un lujo.

La primera distinción útil para el manejo es separar las plagas que afectan principalmente la estructura perenne del cultivo —raíces, corona y cañas— de aquellas que se concentran en flor, fruto y follaje. Las primeras condicionan la vida útil de la plantación y su capacidad de sostener altos niveles de carga, las segundas definen la calidad inmediata de la cosecha y el rechazo en empaque. Sin embargo, ambas categorías convergen en un mismo punto crítico: la estabilidad del balance fuente–demanda de carbohidratos, que en zarzamora es particularmente sensible por el carácter bienal de las cañas.

Plagas de raíz, corona y cañas: la base del rendimiento

Entre las plagas subterráneas, los gusanos blancos (larvas de Phyllophaga spp. y otros Melolonthidae) se han consolidado como un problema recurrente en suelos con historial de pastizales o maíz, donde la población larval de fondo supera con facilidad 5–8 larvas/m². En zarzamora establecida, el daño se expresa como pérdida gradual de vigor, brotes cortos y reducción del calibre de fruto, mientras que en plantaciones jóvenes puede provocar fallas de establecimiento superiores al 20 %. La larva consume raíces finas y raíces secundarias, lo que limita la absorción de agua y nutrimentos, y amplifica el efecto de cualquier estrés hídrico, por leve que sea.

En un nivel similar de relevancia se ubican los nematodos fitoparásitos, en particular Pratylenchus penetrans y especies de Meloidogyne, que en suelos ligeros y con alta frecuencia de riego por goteo encuentran un ambiente óptimo. El daño radicular, aunque menos visible que el de gusanos blancos, altera la relación raíz/parte aérea y reduce la eficiencia de absorción de nitrógeno y potasio, dos elementos críticos para la acumulación de azúcares en fruto. Ensayos recientes en parcelas de Michoacán han documentado reducciones de 18–25 % en rendimiento comercial cuando las poblaciones de Pratylenchus superan 1,500 individuos/100 g de raíz, incluso con programas de fertilización intensivos.

Sobre el eje estructural de la planta, la broca de la caña (Aegorhinus spp. y otros curculiónidos) ha cobrado importancia en sistemas con alta densidad de cañas y manejo deficiente de poda. Los adultos realizan perforaciones en la base de las cañas para ovipositar, las larvas se alimentan del tejido interno y comprometen el flujo de savia, lo que se traduce en marchitez súbita de secciones productivas, cañas quebradizas y, en casos extremos, muerte regresiva de toda la estructura. La pérdida de cañas productivas en plena etapa de llenado de fruto puede provocar caídas inmediatas de 10–15 % en rendimiento, pero el impacto más serio ocurre en la siguiente temporada, cuando la reserva de yemas fructíferas se ve reducida.

Esta degradación de la estructura perenne abre la puerta a un segundo grupo de plagas, asociadas al follaje, que encuentran en las plantas debilitadas un hospedero más susceptible y menos capaz de compensar el daño mediante rebrote o redistribución de fotoasimilados.

Plagas de follaje: fisiología bajo asedio

Entre las plagas foliares, los ácaros son probablemente los organismos con mayor capacidad de alterar la fisiología del cultivo en lapsos cortos. El ácaro rojo (Tetranychus urticae) y el ácaro de la zarzamora (Bryobia spp.) prosperan en ambientes cálidos y secos, condiciones que se generan con frecuencia bajo túneles mal ventilados. Su alimentación provoca clorosis punteada, bronceado del follaje y caída prematura de hojas, lo que reduce el área fotosintética efectiva precisamente cuando la planta requiere máxima producción de carbohidratos para sostener el llenado de fruto. En brotes jóvenes, el daño puede limitar la longitud de cañas de reemplazo y comprometer la cosecha del año siguiente, un efecto que suele subestimarse porque no se manifiesta de inmediato en la caja de fruta.

Los pulgones, principalmente Aphis ruborum y especies afines, se concentran en brotes tiernos, inflorescencias y el envés de hojas jóvenes, donde extraen savia y excretan abundante mielada que favorece el desarrollo de fumagina. Además de la reducción directa de vigor, su mayor relevancia radica en su papel como vectores de virus, entre ellos el complejo de virus del enanismo de la zarzamora, que provoca entrenudos cortos, hojas deformes y disminución drástica de la producción. En plantaciones con alta presión de pulgón durante la brotación, las pérdidas de rendimiento pueden superar 30 % en un horizonte de 2–3 ciclos, no tanto por el daño del insecto, sino por la instalación y diseminación de infecciones virales persistentes.

Los trips, como Frankliniella occidentalis y Thrips tabaci, se han vuelto frecuentes en sistemas protegidos y en regiones con alta presencia de hortalizas de exportación, donde se generan poblaciones regionales muy densas. En zarzamora, su ataque en flor provoca necrosis en pétalos y daños en los tejidos del receptáculo, lo que se traduce en drupas mal formadas, cicatrices superficiales y frutos con apariencia “russet”. Aunque el peso total de fruta por planta puede no disminuir de forma dramática, el porcentaje de rechazo en empaque se incrementa de manera notable, con lotes que pasan de 5 % a más de 20 % de fruta no exportable bajo infestaciones severas.

La interacción entre estas plagas foliares y el manejo agronómico es estrecha, la fertilización nitrogenada excesiva estimula tejidos tiernos y suculentos, muy atractivos para pulgones y trips, mientras que la reducción de ventilación para conservar humedad relativa en etapas de floración aumenta la temperatura de copa y favorece la explosión de ácaros. El resultado es un círculo de retroalimentación donde las decisiones de manejo, si no consideran la dinámica de plagas, amplifican el problema.

Plagas de flor y fruto: el punto crítico de la calidad

En la fase reproductiva, la zarzamora se enfrenta a un conjunto de plagas cuyo impacto se mide menos en kilos y más en calidad comercial, lo que en mercados de exportación se traduce directamente en precio y acceso. La mosca de la fruta del género Anastrepha y, en menor medida, la mosca del vinagre Drosophila suzukii en zonas específicas, representan amenazas crecientes, sobre todo en áreas con mosaicos de frutales hospederos. La oviposición en frutos en envero o maduros genera galerías internas, ablandamiento y pudriciones secundarias, con pérdidas que pueden oscilar entre 5–12 % de la producción si no se implementan medidas de manejo integrado a escala regional.

La palomilla de la zarzamora y otros lepidópteros de frutos, aunque menos estudiados que sus equivalentes en frutales mayores, han mostrado incrementos de incidencia en plantaciones con manejo intensivo de coberturas vegetales, donde encuentran refugio en malezas perennes. Las larvas se alimentan de drupas y receptáculo, provocan frutos “abiertos” o con sectores secos y, en ocasiones, dejan excretas visibles que incrementan el rechazo inmediato en línea de selección. El daño puntual en cada fruto puede parecer menor, pero en variedades de alto valor unitario, una pérdida de 3–5 % de fruta de primera calidad tiene un impacto económico considerable.

La chinche lygus (Lygus lineolaris y especies afines) y otros hemípteros fitófagos se alimentan de botones florales y frutos en desarrollo, inyectando saliva tóxica que interfiere con el desarrollo normal de las drupas. El resultado son frutos con drupas “abortadas”, superficies irregulares y calibres por debajo de los estándares de exportación. En evaluaciones de campo, infestaciones moderadas de lygus han mostrado reducciones de 8–10 % en rendimiento comercial, aun cuando el peso total de fruto cosechado se mantiene relativamente estable, lo que evidencia la importancia de diferenciar entre rendimiento bruto y rendimiento exportable.

La presión combinada de estas plagas de flor y fruto se vuelve más crítica conforme se alarga la ventana de cosecha, práctica cada vez más común en México para capturar mejores precios, pero que expone al cultivo a varias generaciones superpuestas de insectos. Cada prolongación del ciclo implica más tiempo con frutos susceptibles en campo, más aplicaciones potenciales de insecticidas y mayor riesgo de residuos, por lo que la precisión en el monitoreo y la oportunidad de intervención se vuelven variables tan relevantes como la molécula utilizada.

En conjunto, las plagas de zarzamora en México no actúan de forma aislada, sino como un complejo dinámico que interactúa con el microclima del sistema de producción, el manejo de la nutrición, la arquitectura del dosel y la presión de hospederos alternos en el paisaje. El impacto final sobre el rendimiento esperado no depende solo de la presencia de una especie, sino de la secuencia de ataques a lo largo del ciclo, de la capacidad de la planta para compensar daños parciales y de la habilidad del productor para anticiparse a los picos poblacionales mediante un manejo integrado, basado en umbrales, que preserve enemigos naturales y mantenga la productividad por encima del umbral económico a lo largo de la vida útil de la plantación.

Enfermedades

Las enfermedades de la zarzamora en México se han convertido en el factor más determinante para explicar la brecha entre el potencial productivo de 35–40 t/ha y los rendimientos comerciales frecuentes de 20–28 t/ha en muchas unidades de producción tecnificada. Más que un problema aislado, conforman un sistema de presiones biológicas que interactúan con el clima, el manejo del riego, la nutrición y la arquitectura del dosel, generando escenarios de alto riesgo sanitario cuando se relajan los principios de prevención.

La zarzamora, dominada en México por cultivares de Rubus fruticosus y materiales tipo Tupy, se desarrolla en un microclima de alta humedad relativa dentro del follaje, favorecido por coberturas plásticas, riegos frecuentes y densidades de plantación crecientes. Ese microclima es el caldo de cultivo ideal para patógenos fúngicos y oomicetos que colonizan tejidos tiernos, flores y frutos. El impacto no se limita a la pérdida visible de fruta, también compromete la longevidad de las plantaciones, incrementa los costos por fungicidas y reduce la calidad de exportación por residuos y pudriciones poscosecha.

Complejo de pudriciones de raíz y cuello

En los sistemas intensivos de Michoacán y Jalisco, el complejo de pudriciones de raíz y cuello, dominado por Phytophthora spp. y Armillaria mellea, se ha consolidado como la principal causa de muerte prematura de plantas. Phytophthora prospera en suelos con mal drenaje, láminas de riego excesivas y texturas pesadas, condiciones que aún se observan en huertos establecidos sobre suelos volcánicos con compactación subsuperficial. Las plantas muestran clorosis generalizada, reducción del vigor, entrenudos cortos y colapso progresivo del sistema radical, con pérdidas de hasta 15–25 % de las plantas en huertos sin manejo preventivo, lo que se traduce en disminuciones acumuladas de 5–10 t/ha a partir del segundo año productivo.

El problema se agrava cuando las plantaciones se establecen en suelos con historial de frutales susceptibles, como aguacate o durazno, donde los inóculos de Armillaria y Rosellinia ya se encuentran presentes, generando un escenario de fatiga del suelo. Esta combinación de patógenos de madera y raíz acorta la vida útil de la plantación de 8–10 años potenciales a 4–6 años efectivos, obligando a renovaciones anticipadas y elevando el costo amortizado por tonelada producida. El enfoque de manejo se desplaza entonces hacia la prevención estructural: drenajes subterráneos, camas elevadas, descompactación profunda, selección de suelos con pendiente ligera y uso de portainjertos o materiales con mayor tolerancia, donde existan.

Los tratamientos químicos con fosfonatos, metalaxil-M u otros ingredientes activos sistémicos pueden reducir la velocidad de avance de Phytophthora, pero su eficacia depende de una correcta sincronización con los pulsos de humedad y de un sistema radical funcional. En plantas con daño avanzado, el retorno de la inversión en fungicidas es bajo, por lo que la decisión económica pasa por delimitar focos, eliminar plantas muy afectadas y replantar con un rediseño del manejo hídrico. La epidemiología de estos patógenos subterráneos recuerda que no se trata de “curar” plantas aisladas, sino de modificar el ecosistema edáfico donde el patógeno se encuentra en ventaja.

Enfermedades de la parte aérea: flor, hoja y fruto

En la parte aérea, el complejo de Botrytis cinerea, Colletotrichum spp. y Didymella/Septoria explica la mayor proporción de pérdidas directas de fruta comercializable. Botrytis, agente causal de la pudrición gris, encuentra su ventana crítica desde botón floral hasta fruto en envero, colonizando tejidos senescentes y pétalos que quedan atrapados entre las drupas. Bajo condiciones de alta humedad relativa (>90 %) y periodos de mojado foliar prolongados, las infecciones latentes se expresan en cosecha y poscosecha, con pérdidas que pueden superar 10–15 % del volumen empacado cuando la ventilación del dosel es deficiente y el programa de fungicidas no está estratégicamente escalonado.

La antracnosis, asociada principalmente a Colletotrichum acutatum y especies afines, genera lesiones deprimidas y oscuras en frutos, además de necrosis en brotes jóvenes y pecíolos. A diferencia de Botrytis, que suele aprovechar tejidos debilitados, Colletotrichum puede infectar tejidos aparentemente sanos, permaneciendo en estado quiescente hasta que el fruto entra en madurez, lo que complica su manejo. En ciclos con lluvias en plena cosecha, como ocurre en algunas ventanas de producción de temporal tardío, la antracnosis puede reducir el rendimiento comercial hasta en 20 %, no tanto por pérdida de peso fresco, sino por rechazo de fruta con lesiones visibles en centros de empaque de exportación.

Las enfermedades foliares causadas por Didymella applanata (tizón de tallos) y complejos de Septoria y Pseudocercospora en hoja, aunque menos espectaculares, erosionan el potencial fotosintético de la planta y predisponen a fallas en el llenado de fruto. La defoliación prematura en verano reduce la acumulación de reservas en raíces y coronas, lo que se refleja en menor brotación y floración en el ciclo siguiente, un impacto que rara vez se cuantifica, pero que puede explicar reducciones de 3–5 t/ha entre ciclos consecutivos en huertos con alta presión de inoculo y manejo fungicida reactivo.

La arquitectura del dosel, la altura de conducción y el manejo de poda en verde son herramientas subestimadas para modificar el microclima donde estos patógenos operan. La reducción de densidad foliar en la zona media, el uso de espalderas que favorecen la penetración de luz y la eliminación oportuna de varas enfermas disminuyen la duración del mojado foliar y, con ello, la tasa de infección. Esta manipulación física del ambiente, combinada con riegos nocturnos más cortos o desplazados a horarios de menor humedad relativa, puede reducir la dependencia de fungicidas de amplio espectro, que enfrentan restricciones crecientes por límites máximos de residuos.

Roya, oídio y virosis: presiones silenciosas pero persistentes

La roya de la zarzamora, causada por Kuehneola uredinis y otras especies afines, se manifiesta como pústulas amarillas en el envés de las hojas y lesiones cloróticas en el haz, reduciendo la superficie fotosintética funcional. En ambientes cálidos y húmedos, con densidades altas y ventilación limitada, la roya puede provocar defoliaciones significativas, sobre todo en plantaciones con materiales genéticos susceptibles. Aunque rara vez mata plantas, su efecto acumulativo sobre el balance energético del cultivo es notable, especialmente cuando coincide con estrés hídrico o nutricional, generando frutos más pequeños y menor firmeza, lo que compromete la vida de anaquel.

El oídio, causado por Podosphaera aphanis y especies cercanas, encuentra condiciones favorables en túneles e invernaderos con alta humedad nocturna y baja ventilación. A diferencia de las enfermedades que requieren agua libre, el oídio prospera con humedad relativa elevada pero sin mojado foliar prolongado, colonizando hojas jóvenes, flores y frutos en crecimiento. Las infecciones severas reducen el área foliar funcional y deforman frutos, disminuyendo el rendimiento exportable aun cuando el peso total cosechado no se reduzca en la misma proporción. El uso de azufre, bicarbonatos y fungicidas específicos, junto con la gestión de ventilas y cortinas, permite mantener al patógeno por debajo de umbrales económicos, siempre que el monitoreo sea sistemático.

Más complejas son las virosis y fitoplasmosis asociadas a síntomas de enanismo, mosaicos cloróticos, deformaciones de hojas y reducciones drásticas en el número de flores por vara. Virus como Raspberry bushy dwarf virus (RBDV), Tomato ringspot virus (ToRSV) y otros virus de Rubus se han detectado en plantaciones mexicanas mediante técnicas de RT-PCR, con prevalencias variables, pero suficientes para justificar programas estrictos de material vegetal certificado. El impacto de estas infecciones es insidioso, ya que no generan epidemias explosivas como un hongo foliar, sino una caída progresiva de productividad, con plantas que pasan de 4–5 kg/planta a 2–3 kg/planta en pocos ciclos, sin que el productor identifique un “evento” desencadenante.

La transmisión por propagación vegetativa y, en algunos casos, por vectores como áfidos o nematodos, obliga a replantear la base misma del sistema productivo: la elección de viveros con esquemas de diagnóstico molecular, la eliminación de focos de plantas sintomáticas y la rotación de sitios de plantación para reducir reservorios de vectores. En un contexto de mercados que demandan estabilidad en volumen y calidad a lo largo del año, la presencia de virosis no controladas se traduce en una variabilidad productiva que desestabiliza contratos y flujos de caja, más allá del simple cálculo de t/ha.

La interacción entre estas enfermedades, sumada a las presiones de resistencia a fungicidas, exige una visión de manejo integrado que combine rotación de modos de acción, uso de agentes de biocontrol (como Trichoderma spp. y Bacillus spp.), ajustes finos en riego y nutrición, y una vigilancia epidemiológica basada en datos, no en percepciones. Los sistemas de producción de zarzamora en México se encuentran en un punto donde el conocimiento acumulado sobre patógenos debe traducirse en decisiones de diseño del agroecosistema, si se busca cerrar la brecha entre el rendimiento potencial y el rendimiento realmente obtenido en campo.

Malezas

La sanidad vegetal de la zarzamora en México depende en gran medida del manejo de malezas, porque estas no solo compiten por recursos, también modifican el microclima del cultivo, facilitan la dispersión de plagas y patógenos y condicionan la eficiencia del riego y la fertilización. En un sistema perenne y altamente demandante de mano de obra como la zarzamora, la presión de malezas define buena parte de la rentabilidad, sobre todo en regiones de alta tecnificación como Los Reyes, Peribán y Tacámbaro, en Michoacán, donde se concentra más del 90 % de la superficie nacional.

La estructura del sistema de producción de zarzamora —con hileras permanentes, tutoreo, acolchados parciales y riego por goteo— crea nichos ecológicos diferenciados para distintas especies arvenses, que se distribuyen según la disponibilidad de luz, humedad y disturbio mecánico. Bajo copa y en la línea de goteo predominan malezas de ciclo corto y alta capacidad de rebrote, mientras que en los pasillos y bordes de parcela se establecen especies perennes con sistemas radicales profundos, muchas de ellas con mecanismos de dispersión muy eficientes. Esta heterogeneidad obliga a un enfoque de manejo integrado de malezas, donde el objetivo deja de ser la eliminación total y se orienta al mantenimiento de la población arvense por debajo del umbral económico de daño.

Principales malezas en zarzamora en México

En los huertos de zarzamora del occidente de México, las malezas más problemáticas se agrupan en tres grandes categorías funcionales: gramíneas perennes, hojas anchas perennes y malezas anuales de alta tasa de crecimiento. Cada grupo ejerce una presión distinta sobre el cultivo y exige estrategias de control diferenciadas.

Entre las gramíneas, destacan Cynodon dactylon (zacate bermuda), Sorghum halepense (zacate Johnson) y Paspalum conjugatum, especies con rizomas y estolones que colonizan con rapidez la franja húmeda del goteo, donde las labores mecánicas son limitadas para no dañar las raíces de la zarzamora. Estas gramíneas reducen la infiltración efectiva del agua, forman una densa red radical que compite agresivamente por nitrógeno y fósforo y, al ser cortadas, rebrotan con mayor vigor, lo que genera un ciclo de manejo costoso y poco eficiente si se basa solo en deshierbes superficiales.

En el grupo de hojas anchas perennes, Cyperus rotundus (coquito), Convolvulus arvensis (corregüela) y diversas especies de Sida y Bidens son especialmente persistentes. C. rotundus se beneficia de los riegos frecuentes y de la fertilización localizada, produciendo tubérculos que profundizan más allá de la zona de acción de los aperos ligeros, mientras que Convolvulus arvensis trepa sobre las cañas de zarzamora, incrementa la humedad relativa en el follaje y favorece la incidencia de enfermedades como Botrytis cinerea y Colletotrichum spp., además de complicar la cosecha manual al enredarse en los tutores y alambres.

Las malezas anuales, aunque efímeras, representan un problema durante el establecimiento y en los primeros años productivos. Especies como Amaranthus spp., Chenopodium album, Echinochloa colona y Digitaria sanguinalis germinan en oleadas tras cada riego o lluvia, sombrean rápidamente las plántulas y compiten por la radiación fotosintéticamente activa en los estratos inferiores del dosel. En huertos jóvenes, la presencia de estas malezas durante las primeras 8-10 semanas después del trasplante puede reducir el crecimiento vegetativo de la zarzamora hasta en 30 %, lo que se traduce en menor número de cañas productivas en las temporadas siguientes.

La composición florística también varía según el manejo del acolchado. En sistemas con acolchado plástico negro, la presión de malezas se desplaza a los orificios de plantación y a las orillas del plástico, donde prosperan especies tolerantes a altas temperaturas del suelo, como Portulaca oleracea y algunas Euphorbia spp.. En contraste, en sistemas con coberturas vivas o mulching orgánico, se reduce la emergencia de anuales fotosensibles, pero se incrementa la presencia de especies perennes con estructuras de reserva subterránea, que aprovechan la menor perturbación del suelo.

Impacto de las malezas en el rendimiento y la fisiología del cultivo

El impacto de las malezas en la zarzamora no se limita a una reducción genérica del rendimiento, sino que altera procesos fisiológicos clave y modifica la arquitectura del sistema radical y aéreo. La competencia por agua es especialmente crítica en etapas de brotación y floración, cuando la demanda hídrica de la planta se incrementa y las raíces activas se concentran en los primeros 30-40 cm del suelo, la misma franja donde se ubican las raíces de la mayoría de las malezas problemáticas. En condiciones de alta presión de malezas, se han registrado reducciones de hasta 20-25 % en el potencial hídrico foliar al mediodía, lo que induce cierre estomático, disminución de la tasa fotosintética y menor acumulación de fotoasimilados en los frutos.

La competencia por nutrimentos es igualmente determinante. Gramíneas como C. dactylon y S. halepense presentan una alta eficiencia en la absorción de nitrógeno nítrico, con tasas de captación superiores a las de la zarzamora en suelos de textura media, por lo que, en ausencia de control oportuno, pueden desviar una fracción significativa del fertilizante aplicado hacia la biomasa arvense. Ensayos recientes en parcelas comerciales de Michoacán han mostrado que, con coberturas de maleza superiores a 60 % en la franja de goteo, la zarzamora reduce su concentración foliar de N en 0.3-0.5 puntos porcentuales, suficiente para afectar el calibre y la firmeza de fruto en cosecha.

El efecto sobre el rendimiento es acumulativo y depende de la duración del periodo crítico de competencia, que en zarzamora suele ubicarse entre el inicio de la brotación primaveral y el cuajado de frutos, aunque en sistemas de producción continua bajo macrotúnel este periodo se extiende prácticamente todo el año. Estudios de campo en huertos de alta densidad han documentado pérdidas de rendimiento de 15-20 % cuando la cobertura de malezas en la línea de plantación se mantiene por arriba de 30 % durante la mayor parte del ciclo productivo, y reducciones superiores a 35 % cuando se permite el desarrollo de gramíneas perennes sin control durante más de una temporada.

Más allá de la competencia directa, las malezas modifican el microclima del huerto. Coberturas densas incrementan la humedad relativa cercana al suelo, prolongan el periodo de mojado foliar tras riegos por aspersión o lluvias y reducen la circulación de aire en la zona basal de las plantas. Este ambiente favorece la esporulación y dispersión de patógenos como Pseudomonas syringae, Didymella applanata y diversos hongos causantes de pudriciones radicales, mientras que la presencia de malezas floridas a lo largo del año mantiene poblaciones de insectos vectores y hospedantes alternos de virus y fitoplasmas. Así, la presión de malezas se integra a la dinámica de la sanidad vegetal de manera más compleja que un simple efecto de competencia.

La interferencia de malezas también impacta la operatividad del sistema productivo. Pasillos con alta biomasa arvense dificultan el tránsito de personal y maquinaria, aumentan los tiempos de cosecha y elevan el riesgo de daños mecánicos a las cañas y al sistema de riego. Además, ciertas especies, como Bidens pilosa y Amaranthus spp., generan semillas espinosas o pegajosas que contaminan la fruta durante la recolección, incrementan los rechazos en empaque y presionan aún más los estándares de inocuidad, un aspecto crítico para los mercados de exportación.

Consideraciones para el manejo integrado y la sostenibilidad

La complejidad del problema de malezas en zarzamora exige estrategias que integren control químico, métodos culturales y manejo físico, con una lectura fina de la biología de cada especie dominante. El uso intensivo de herbicidas de contacto y sistémicos, particularmente glifosato, paraquat y mezclas con inhibidores de ALS, ha generado en algunos huertos una selección hacia biotipos más tolerantes y cambios en la flora arvense, con incremento de especies de hoja ancha y ciperáceas menos susceptibles. Esto obliga a rotar modos de acción, ajustar dosis y momentos de aplicación y combinar bandas tratadas químicamente con franjas de cobertura controlada.

Las coberturas vegetales manejadas en los pasillos, usando especies de crecimiento bajo y raíces poco agresivas, pueden reducir la colonización por malezas más competitivas, estabilizar la estructura del suelo y mejorar la infiltración, siempre que se mantengan a una altura que no compita significativamente por luz ni interfiera con la ventilación. En la línea de plantación, el uso estratégico de acolchados plásticos o orgánicos, con espesores suficientes para bloquear la luz, limita la emergencia de anuales y reduce la necesidad de aplicaciones herbicidas repetidas, aunque requiere un diseño cuidadoso para no generar refugios excesivamente húmedos que favorezcan enfermedades del cuello y la raíz.

El monitoreo sistemático de la banca de semillas y de la dinámica de emergencia permite anticipar los picos de infestación y programar intervenciones en momentos de máxima vulnerabilidad de las malezas, minimizando así el impacto sobre la zarzamora. La integración de sensores remotos, imágenes multiespectrales y modelos de crecimiento arvense abre la posibilidad de un manejo de precisión, donde la aplicación de herbicidas y deshierbes mecánicos se focaliza en parches específicos, reduciendo costos y efectos colaterales sobre el agroecosistema.

Finalmente, el impacto de las malezas sobre el rendimiento de la zarzamora debe leerse a la luz de la resiliencia productiva a largo plazo. Un manejo que mantenga una presión arvense moderada pero controlada, que evite la erosión, favorezca la biodiversidad funcional y reduzca la dependencia exclusiva de herbicidas, tiende a sostener rendimientos estables cercanos al potencial genético del cultivo, que en sistemas tecnificados puede superar las 25-30 t/ha de fruta exportable. La clave está en entender a las malezas no solo como enemigas a erradicar, sino como componentes de un sistema que, si se orienta adecuadamente, puede equilibrar productividad, sanidad vegetal y viabilidad económica en el tiempo.

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